4.10.14

Notre Dame

Las entrañas se les soltaban cuando se amaban y un día ese rito desapareció. Al impacto de bala le siguió una densa bruma. Días escurridos en cámara azul. Ella corrió a atarse las zapatillas. El se abrazó a su sangre. Redefinieron enlaces y puntos de partida. El haz dejó de señalarlos. Su Universo robado se esfumó. Cada cristal. Cada tramo de piel. Cada mirada. El embrión que lo había formateado lo ocupó entero. lo retiró. Un miedo conocido y lejano volvió a invadir al niño perfecto. Se le tambaleó su rutina de felicidad. Tal catedral había diseñado que ya no se acordaba de sentir. Juntos, una caricia lo deshacía y una charla lo proyectaba. Reforzó paredes, sacó pasaje y volvió detrás de su muralla. Sus sueños se le habían escapado y los recuerdos volaban de cama en cama. Nunca más se miraron y se miraban todos los días. Se olían y no se respiraban. Se deseaban sin tocar. Ella trepó bosques y montañas. El recorrió el mundo de a dos. Ella subió y bajó escaleras. El hizo y deshizo cada mitad. Se lloraban en silencio. Conocían su penitencia. Desfasados, la vida los ajustició en una estrella. Alto encerraron sus sueños. El le cedió la llave. Ella la tiró al mar. Caminó por la orilla. Maldijo la noche. Maldijo el día. Refrescó sus pies en la espuma con sal. Se miró en el horizonte y aprendió a nadar. 

Ilustración: Benjamín Lecombe

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