17.7.13

Aldo


Atrás de las reces colgadas resplandecía la cuchilla de Aldo. En su guardapolvo blanco, manchado de colorado, nadie como él manejaba la navaja en el barrio. Verónica sentía que podía quedarse horas observándolo ir y venir con sus dedos hábiles atrapando el haz de acero. Su piel cetrina y los ojos negros algo achinados se reflejaban en esa hoja filosa, mientras Aldo se deslizaba con cuidado sobre ese muslo. Minucioso, paciente, obsesivo.
Podían faltar quince o veinte minutos para que la atendiera. Pero a Verónica no le importaba si era Aldo quien al final le iba a tocar en suerte. Porque, después de toda esa guardia en la carnicería, también la podía atender Julio, el hermano mayor, al que sólo se le escapaba una mueca si alguien mencionaba algún club de fútbol. Pero había una instancia peor. Y es que la recibiera el Negro, el verborrágico padre de Aldo y Julio, que jamás medía tiempo y espacio. El se las ingeniaba siempre para que todas oyeran la receta del hígado con oliva y ajo que preparaba su mamá, o su teoría por la suba de la carne. Verónica esperaba, total ya sabía las reglas de Tierra Mía. 

Por ejemplo, si el papá hablaba, ni Aldo ni Julio murmuraban una palabra. En cambio, si los hermanos estaban solos, de fondo ponían la radio. Luis Miguel o Montaner era lo que se escuchaba. Aldo tarareaba y hasta se daba un respiro entre vecina y vecina para tomar un poco de Coca o levantar el teléfono. Otra cosa ocurría si entraba su mujer. Se ponía serio, desaparecían los hoyuelos y ella encaraba derecho para darle un pico frente a todas las clientas. Mientras esperaba a Aldo, Verónica imaginaba como ella lo mandonearía en la casa. Cierta vez, mientras Vero se entretenía mirando los cortes en la heladera, entró su propio marido. Le encajó un beso delante de Aldo y aquel día fue el morocho quien se hizo el distraído.

Un día Verónica se enfermó. No quería salir. No comía. No cocinaba. Mal de amores le diagnosticaron, después de que el Flaco huyera sólo con las pastillas para el corazón. Desde entonces, lo único que la mantenía atada al mundo era su clase de gimnasia. Allá marchaba, los sábados temprano, con su colchoneta amarilla, pálida y apenas si levantaba la vista cuando pasaba frente a lo de Aldo. Intuía que él la estaría observando, atrás del mostrador, como siempre. Le daba una cosquilla repensarse así, mirada.

Con los meses, pasó de ir dos días a la semana a la carnicería a apenas una vez al mes. Todo se volvió monótono y anoréxico. Al tiempo, Verónica decidió vender su PH. La sonrisa se le planchó hasta que un día apareció un comprador para la calle Doublas. Al fin podría mudarse y empezar de nuevo en otro lugar.
Decidió hacer un asado de despedida e invitar a todos los vecinos. Llamó al señor de la Planta Baja que vendía lanas en la calle Canning. A la escribana, que la acompañaba en bici. A la licenciada en Letras con quien cambiaba libros. Al matrimonio que agitaba las reuniones de consorcio. Y a Malvina, la viuda de 80 Todos estarían en su terraza.

Esa semana fue agitada y pidió por teléfono a Tierra Mía. A las cuatro de la tarde del sábado, Aldo tocó timbre. Verónica dudó si se arreglaba un poco antes de bajar. Se miró apenas en el espejo del ascensor y ensayó una sonrisa. En la puerta Aldo esperaba con su visera negra, bici, bermudas y la remera rosa Adidas. Abrió Verónica.

-Yo tenía las llaves de esta casa, disparó él.

Verónica pensó que el carnicero joven había enloquecido. Aldo insistió:

-Mejor dicho, tenía un llavero que el señor que antes vivía acá me había regalado.

-Ahh..., balbuceó, sin entender.

-Sí, antes en este terreno había una fábrica de llaves. Veo que vendés el PH...

Verónica le contó del nuevo barrio, de la separación, de los planes en su vida y del asado de despedida. Dudó en invitarlo.

-Que salga todo bien, se despidió Aldo.

El domingo estuvo soleado y todos comieron largo y distendido. Verónica no encendía el fuego desde que se había separado. Cuando se hicieron las cinco de la tarde recién se fue el último invitado. Vero bajó a abrirle a Malvina. Aldo estaba en la puerta. Con su remera turquesa hoy, la visera negra hacia atrás, la miraba fijo. Vero se asustó. En un segundo se lo imaginó en su casa, en su cama, degollándola despacito con la cuchilla de acero recorriéndole sigilosamente la garganta, desandando sus muslos y su vientre. Con media sonrisa, saludó.

-Qué sorpresa.

-¿Cómo estuvo el asado? Los ojos de Aldo se le clavaron al fondo cuando él puso un pie que trabó la puerta.

-Te traje el llavero.

Vero lo tomó, casi temblando.

-Pero ¿de quién es? ¿Para qué sirve esta llave?

-Es tuya, contestó Aldo. De tu casa.

-No puede ser. Cómo él iba a tener una llave de su casa. Justo Aldo.

-Es de tu departamento. Me la dejó un cerrajero hace años, cuando acá funcionaba la fábrica. Es de la puerta del fondo que comunica al pasillo que va a tu casa. Si me dejás pasar, te muestro. 

-No puede ser..., murmuró ella y se maldecía por no haber cambiado la cerradura en su momento.

-Te muestro, insistió él.

A Aldo se le marcaban los pómulos y por un instante temió no perdonarse dejarlo atravesar ese umbral. Aunque mañana estuviera en la tapa de todos los diarios.

-Entrá.

Subieron despacio la escalera hasta el segundo piso. La piel aceitunada de Aldo se respiraba en la penumbra del pasillo. Llegaron a la puerta del departamento. La llave misteriosa abrió. Se miraron por segunda vez.
El fuego todavía ardía suave en la parrilla. Aldo se tiró en la reposera, le tendió una mano y se sacó la camiseta turquesa.



Buenos Aires, abril 2010.

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