2.2.09

))Cenicienta))


La habían prevenido que si a las 12 no volvía a la casa de la madrastra perdería todo. Desde la carroza de oro hasta su traje bordado y los zapatos de cristal. Obediente, Cenicienta dejó plantado al príncipe azul, salió corriendo del palacio y, escalera abajo, extravió la sandalia izquierda. Afortunada o no, regresó a tiempo, se metió en su choza y respiró hondo.
Sin maquillaje, sola en su cuarto, ya bien pasada la medianoche, empezó a meditar sobre su presente y futuro. Con sorpresa comprobó que en su pequeño escritorio podía asomar un mundo nuevo. Luces blancas salían de una pantalla rectangular, que respondía a sus estímulos inquietos. Frente a esa ventana virtual, la distracción era posible. Al menos por un rato, miedos y tensiones se esfumaban de su cabeza.
Animada por la página blanco, Cenicienta anotó una a una sus emociones, anhelos y sentimientos. Todo lo que la hacía feliz y lo que no. En su juego de espejos se dio cuenta, también, que el singular Aleph le permitía bucear en el alma de los demás. Amaba ese momento de intimidad propia y ajena. La ayudaba a conocerse mejor. Empezaba a necesitar ese espacio como canción para dormir.
Con el tiempo, se fortaleció y las hermanastras y madrastra ya no lograban asustarla. Cuando Cenicienta hacía pie con su pluma, ella era feliz. Segundos, minutos, horas. Navegaba en el crepúsculo de su cuarto. Se dejaba llevar por un timón audaz. En esa travesía, como flor en el mar, sentía que podía irse lejos, mirar la postal de su vida desde el aire, permitirse reír, llorar y equivocarse. De a ratos, la angustiaba imaginarse a años luz de aquel príncipe azul. ¿Sería para ella el de la fiesta? ¿La recordaría todavía? ¿Habría otro?
La incógnita se multiplicaba con cada atardecer. Sin embargo, justo a esa hora, y con cada puesta de sol, empezaba a crecer en ella una luz. Esa llama la fortalecía cada jornada un poquito más. Y la acompañaba como la Luna en las noches de tiniebla.
Una madrugada a Cenicienta le pareció encontrarlo. Al príncipe azul. Estaba distinto. Era él y era otro. Se miraron a los ojos, se conocían de antes pero no. Del zapatito de cristal, jamás conversaron. Inexplicablemente, ahora ambos sentían que ya no podrían despegarse.
Cenicienta se sacudió. No sabía si estaba dormida o despierta. Cuando amaneció, sólo alcanzó a comprobar que sus dedos todavía se aferraban al teclado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Vamos a detenernos en esta frase: "Sin embargo, justo a esa hora, y con cada puesta de sol, empezaba a crecer en ella una luz". Es increíble cómo nos sentimos capaces o incapaces de las cosas según la hora: mañana, tarde, noche, madrugada. Azucena, el consejo: ¡que la coyuntura no le impida recordar que su luz brilla todo el día! Un gran beso.