22.10.08

))Pájaro en flor))

Las varas en flor adornaban siempre el salón del negocio. Así le decía mi abuela a la zapatería, en el frente de la casa. A la mañana recorría el fondo, tijera en mano, y "bodaba" las plantas del jardín. A mi abuela le gustaba decir "bodar", en lugar de podar. Nunca supimos si esto era una deformación de su español, que aprendió como pudo, o una licencia que se tomaba de armenia terca nomás. "Me voy a bodar", decía, y se reía luminosa.
María bodaba las plantas a su altura. Limonero, ciruelo, jazmín, rosas, níspero, nada sobrepasaba el metro cincuenta en el jardín de Villa Urquiza.
La veo con su delantal blanco en la cintura, semi agachada y sumergida entre las matas extrañas, flor de pájaro, tratando de pescar alguna vara. Muy concentrada, yo sostenía cada tallo mientras hacía equilibrio para que no me rozara su almíbar pegajoso.
En aquel momento, creo, jamás hubiera elegido esa flor. Era, por lo menos, bastante rara para mis 12 años. Sin embargo, a esa forma bella y caprichosa hecha vegetal, siempre la asocié con Cotté Music Shoes. Los pétalos naranjas, azules y morados enmarcaban los sillones amarillos del negocio. Por allí, bajo la matrona de Picasso, circulaban las rosquitas recién horneadas y el mate apenas azucarado a la espera de que entrara alguna clienta.
De noche, yo dormía en el mismo sofá amarillo. Y cuando ya nada se distinguía, imaginaba mil y un historias que nacían de esa vaina carnosa. Estrellas asimétricas, luces fulgurantes y cometas estampaban la casona de Bauness y Blanco Encalada.
Desde hace algún tiempo, imagino cómo recuperar ese espacio. He pasado por la puerta y, desde la vereda, lo compongo idéntico. Con el cuartito del fondo y su máquina de coser, con cada hoja de parra, la higuera, el sendero de lajas y los malvones. Con mi abuela y su delantal de broderie, ofreciendo la tarta de ciruelas. Con esa flor de pájaro y esas varas.
Esta mañana planté dos estrilizias en flor. Me las trajo mi vecina de la casa de su abuela. Ahora las dos varas crecen en la terraza, junto a los sillones de jardín que logré rescatar cuando se vendió Villa Urquiza. Cuando la Argentina del achique se llevó al negocio, Bauness, sus puertas de doble hoja, sus olores y a mi abuela.

2 comentarios:

alis dijo...

Un bello y encantador retrato de la Abuela Mary y de la casona de Bauness de la que muchos hemos disfrutado, y hemos comido los exquisitos nisperos, muchas gracias por recordarlos.

Victoria Viajera dijo...

muuuuuuy lindo, Magda. un texto sentidísimo. y esas flores, de tan extravagantes, son preciosas.