31.10.08

))Alegría, hoy es viernes))

Llegué con el tiempo justo, cronometrado. Tiré el auto, temblé cuando vi la grúa y lamenté no haber comprado la tarjeta de parking. Aún así y rezando, apuré el paso hacia el shopping. Tenía que reemplazar una base de maquillaje compacto --el secreto de una cara más o menos pasable-- después de los xx, sírvase completar la edad que el lector considere. Decía, fui a la marca buena, la de precios y supuestamente calidad "eurizada". Directo a pedir el mismo número y mismo modelo (tienen tantos como manzanas en la frutería) que uso desde siempre. Después de un año o más, mi base, de compacta, no tiene nada. Lo que más me irrita no son las migajas que se caen y tiñen todo de polvo. Tampoco no poder aprovecharla hasta el final (bah, esto sí). Lo que más me molesta es no poder maquillarme mientras manejo. Le indiqué los datos a la vendedora, señorita cara de nada, y me dio la nueva base. Tarjeta Visa. 135 pesos. Dos cuotas sin interés. Fin del trámite.
Salí rauda, contenta. Para festejar me metí en la casa cheta de ropa, la de la publicidad en todas las revistas. Estaba entusiasmada con usar un bono de descuento que espera su turno en mi billetera. Qué mejor ocasión para dejarme tentar. Ya que es viernes. Ya que hay sol. Ya qué. Después de todo, nunca viene mal estrenar remerita (otra más). Me probé una blanca. Otra violeta. Me quedaba perfecta la más oscura. Aprobé el talle 2. Ya que estaba, pedí a señorita cara de nada, dos jeans 27. Me los trajo. Pero 26. 27 no le quedaba. Me probé los 26. No me subían. Pedí 28. Tampoco había. La señorita cara de nada tardaba horas en desandar el camino del depósito al probador. Opté por dejar la remerita violeta. La que me gustaba. La que sí había. Después de todo, para aprovechar el vale, tenía que ponerle "encima" 18 pesos. No. Esta vez no. No me iban a agarrar.
Partí corriendo al auto, pensé en hacer una escala en Starbucks y recordar viejos tiempos, en otros continentes. Cuando vi a los empleados sirviendo el té chai con sombreros de bruja en gomaeva (hoy es Halloween) pegué la media vuelta.
Seguí camino al auto. Me alegré al ver que allí estaba. Sin cepo. Sin grúa. Sin boleta. Primera. Segunda. Santa Fe. 9 de Julio. Tacuarí. Diario.
A media tarde hago un recreo entre las páginas y me dispongo a admirar mi nueva base maquillaje Studio Fix NC 30. La saqué de la bolsita. La lustré. La acaricié. Pero no. Oh. Stop. La base de 135 pesos, la nueva, la compacta, parecía la arena de Mar del Plata. Con cascotes y todo. El recreo se transformó en lágrima. La lágrima en mufa. La mufa en malhumor. El malhumor en llamado y puteada a la empleada cara de nada.
Ahora hago la cuenta regresiva para volver al shopping. Tacuarí. 9 de Julio. Arenales. Alto. Salón frutería. Perdón, perfumería. Embolsar la base sana y adiós. Ah. Ah. Ah. Freno. Antes me voy a tomar un café con canela en Starbucks, y luego cruzar una vez más el portal de la tienda cheta, triunfalmente, y retirar mi remerita violeta, la talle 2, previa entrega de los 18 pesos y de mi vale. Mientras preparo la huida laboral y guardo mis cosas, rezo para que nada ni nadie se interponga en mi camino. Para que todo salga como lo planeado. Para que ningún infortunio arruine mi viernes. Para que la señorita cara de nada, no me reciba con su temible sonrisa, esa que presagia la frase "no me queda, está agotada".

1 comentario:

alis dijo...

Siempre pasa cosas asi cuando uno no dispone de mucho tiempo y quiere tener todo organizado.