1.4.08

EL ZARPAZO)) Por qué las cosas son como son

A los 5 se veía como una pumita feliz, sonrisa con hoyuelos, y tardes en el jardín.

A los 10, la pequeña felina paseaba contenta, y se sentía afortunada por su desempeño en la selva. Era el orgullo de papá y mamá. Jugaba con los otros pumitas, salía de vacaciones en la sabana, se reía con la barra de jaguares.

A los 15 ya se torturaba con la dieta, comía mucho, la cara se le había llenado de granitos (que después devinieron en pintitas), y sufría por no encontrar a su tigre. Era, lo que se dice, la "distinta" del grupo.

A los 20, la silueta volvió a su lugar, peleaba por un puesto medianamente rentable en la manada, todavía creía en su instinto y necesitaba convertirse en una puma mujer con todas las letras.

A los 25, ya había colgado la universidad de los leones, vivía sola y había encontrado un sitio aceptable en la manada. Empezaba a ver el mundo a través de otros animales que hablaban de viajes, costumbres, sexo, historias y personajes. Le picó el bichito.

A los 30, volvía de vivir un año en Europa, ya había dado un par de vueltas por el mundo, había hecho amigos aquí y allá. El desamor la dejó en terapia. Por primera vez cambió los pastos por los químicos. Hiper flaca, la puma lo único que hacía era trabajar.

A los 35 pasaba por toboganes de esperanza y desesperanza. Las pezuñas y el paso del tiempo empezaban a afectarle. Nada le cerraba y lo que sí, se le escapaba. Se mudó a otra sabana. Más lejos, más verde, más abierta, puro sol. Y un día abandonó el consultorio del terapeuta león. Empezó a bailar con otros pumas.

A los 40, anda pensante en la selva. Puso el ojo y el corazón en otras cuestiones, menos visibles, quizá. Ahora, la puma va y viene, busca, precisa su andar felino. Se prepara para dar el zarpazo.

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