9.8.07

RELATOS)) Letras de azúcar

 Le había pegado tantas patadas como pudo. Hasta que no dio más. Hasta que quedó tiesa. Inmóvil. Su cuerpo flaco, huesudo y largo no se movía. Sólo algunos espasmos que la asustaron. Parecía que no respiraba. La tomó de los pies, pesaba mucho, y la arrastró hacia arriba por la escalera. Pensó un instante dónde la dejaría. La casa estaba vacía ya. Quizá, lo que más le cerraba, era guardarla en el ropero donde tantos años había acumulado cosas viejas, que ya no usaba o no le gustaban. La impresora de la compu. Un adorno de un gato tailandés. Collares de semillas étnicas. Cajas de lata. Se convenció. Qué mejor que el ropero del altillo. Además, estaría cómoda ahí. Podría tener estiradas sus patas de tero. Ahora que ya no estaban los trastos. Ahora que la casa estaba vacía. Ahora que Marianela tenía que mudarse.
Al fin y al cabo, toda la culpa había sido de la Colorada. Marianela sabía bien que, de no ser por esa chica, toda esta cuestión no habría sucedido. Quizá no se le hubiera ido la primera patada. Ni la segunda. Ni la tercera.
Aquella mañana, cuando el flete se llevó sus cosas a Barracas, la heladera, el lavarropas, la mesa y la cama grande, le dieron ganas de llorar. Después, pensó que el duelo había empezado y se repitió que era normal. Que lo mejor sería hacerse un café y aceptarlo. Se había quedado sola en la casa que hasta hace semanas había visto crecer y transformarse su relación durante años.
Amargo no le gustaba el café, azúcar ya no había y no era este un momento para improvisar o sacrificarse. Se le ocurrió cruzar la calle y llevarse un sobrecito del bar. No creía que la Colorada estuviera allí. Sabía que hacía el turno de la noche. Empujó la puerta de vidrio y a la única que vio, detrás de la barra, fue a ella que le estaba pasando un trapito a las copas. Habrá cambiado el turno, pensó, e instintivamente quiso darse media vuelta y salir. Pero se detuvo. Eso era huir. No iba con su personalidad. Después de todo, si había alguien que podía sentir remordimiento o culpa, no era Marianela. Las dos sabían que sabían, pero ninguna dijo nada. Apenas si se miraron. Marianela apoyó un codo en el mármol frío, estiró dos dedos regordetes y se quedó con dos sobres de azúcar. Se esforzó por no leer el mensaje en la bolsita. Los consideraba mensajes banales. Segundos después, estaba leyendo. “El hombre odia a quien le hace sentir su propia inferioridad”, decía el primero. Y el otro, “En la venganza, como en el amor, la mujer es más barbara que el hombre”. Intentó convencerse de que sólo eran lugares comunes, y nada tenían que ver con su destino. Menos todavía con un mensaje premonitorio quizá. La avergonzaba pensar de este modo. No iba con una joven dedicada a las artes.
Apurada, volvió a la casa. Abrió el portón de maderas bajas gastadas, atravesó el patio, y se sentó sobre el parquet del cuarto. El café, después de todo, estaba rico. Y los sobrecitos le habían servido. Se sentía contenta por no haberse achicado. Encendió un cigarrillo y miró a trasluz por la ventana. Ninguna hoja se movía y el aire traía el olor de los tilos en primavera. Su mente empezaba a divagar y relajarse cuando oyó que llamaban a la puerta. Pensó que sería su hermana, aunque era un poco temprano para pasar a buscarla. Espió por detrás de la persiana y la vio de espaldas. El pelo largo, rojo y enrulado. La campera negra con flecos. Las botas tejanas con el jean abuchonado. Siempre le había parecido ordinaria la Colorada. Todavía se preguntaba qué le había visto él. Barajaba algunas hipótesis. Las piernas de modelo desgarbada. Sus veinti y pico, o la condición de mina lineal y básica. Nada que pudiera hacerle frente, ni objetar sus mínimas ideas de macho enajenado. La Colorada estaba parada allí, sosteniendo en su mano derecha la bandolera hindú de Marianela. Entendió que se la había olvidado sobre la barra del bar. Desconfió de su supuesta amabilidad al ir a devolvérsela. Dedujo que tal vez había tomado el descuido como excusa para ir a explicarle algo, para justificar su apropio, cualquiera de los dos. Le abrió la puerta y, en ese instante, escuchó sonar el teléfono en la habitación. Dudó en atender. Ya no quería entrar de nuevo al cuarto. Pensó que quizá era su hermana para avisarle que estaba retrasada. Se cortó antes de que llegara a levantar el tubo. Al volver tras sus pasos, la Colorada estaba parada dentro de la pieza, enfrente suyo. Nadie le había dado permiso para entrar. Aunque claro, lo había hecho en otras oportunidades, cuando Marianela estaba en la productora. Seguro que se había desvestido dentro de esas mismas cuatro paredes y había dejado su ropa con perfume barato desparramada en el piso. Allí, delante, la Colorada despedía ese gesto provocador de quien disimula victoria con ingenuidad. Sus ojos color miel le parecieron los del Diablo. La Colorada estiró la mano para devolverle la cartera. Su brazo largo, desnudo y plateado le apuntaba al pecho como una daga. Quizá tendría una navaja dentro de la bolsa, pensó Marianela, y la estaba empuñando. Una patada voladora, de esas que había practicado en Tai Chi, le irrumpió desde el centro de su corazón, pero con más fuerza de lo que había aprendido en las clases. De hecho, no se explicaba de dónde había sacado tanta potencia. Le rozó la cara verde con pecas a la Colorada y la tiró al piso de un golpe seco. No pudo ocultar una dosis de satisfacción. Le sacudió el lomo para ver si se movía. Pateó una, dos, y tres veces. Nada. Parecía que no respiraba. La tomó de los pies, pesaba mucho, y la arrastró hacia arriba por la escalera. La envolvió en una sábana y la guardó en el ropero de las cosas viejas, ese adonde iban a parar los objetos que no le gustaban como el gato tailandés y las cajas de lata. Ahora estaba vacío y tendría buen lugar para estirar sus piernas de tero peludas. Para descansar.
Volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí, era su hermana pero para avisar que no venía. En otro momento Marianela hubiera trinado de la bronca. Nada de eso sucedió. No sentía angustia. Ni rabia. Ni opresión. Al contrario, se percibía liviana.
Bajó, fue al cuarto y levantó la cartera que había quedado tirada, al lado de los sobrecitos de azúcar. Marianela se la cruzó como bandolera y salió sonriente al patio. Era un día radiante. Respiró hondo, atravesó la puerta de maderas bajas y se animó a llevarse la bicicleta. Antes de dar el primer empujón al pedal, metió la mano en la carterita y sacó la Trávex. Sin darse la vuelta la tiró hacia atrás, por encima de sus hombros. A juzgar por el sonido del agua, imaginó que había caído en el estanque donde nadaban los peces rojos. No le importaba que la casa quedara abierta. Nada de lo que había allí dentro le significaba algo. Sintió una cosquilla de felicidad. Siguió pedaleando.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustó mucho este cuento negro. Pienso que deja abiertas posibilidades para otros cuentos, también cortos, no necesariamente negros,en los que el punto de arranque sean "la hermana", "el que la dejó por la colorada y "la
colorada" misma.

alis dijo...

Algo agresivo, pero muy bueno