21.8.07

RELATOS)) Zapatos con música

A eso de las cuatro de la tarde, el olor de las rosquitas recién hechas se mezclaba con el de la suela nueva y el pegamento de los zapatos. Mi abuela preparaba el mate sin azúcar y la ronda empezaba en los sillones de atrás del negocio. En realidad era el living que hacía de nexo entre el local y el resto del caserón de Villa Urquiza. En el sofá y los dos sillones de un cuerpo, tapizados en gross color azufre, mi abuela Sonia, mi tía Anita y sus amigas se juntaban alrededor de la mesa ratona a leer revistas y esperar que entrara alguna clienta.
Cada conocida que pasaba por la puerta de Cotté Music Shoes, miraba a través de la vidriera, levantaba la mano y entonces mi tía o mi abuela -de acuerdo al grado de simpatía que las unía o no- le hacía una seña. Así, a medida que avanzaba la tarde, iban entrando y se acomodaban por orden de llegada en los sillones amarillos del negocio. Hilde, Bianca, Mumi, María Graciela. Aunque todas eran muy diferentes, la mayoría imitaba en la coquetería a mi tía Anita: las uñas pintadas de colorado, la sombra verde sobre los ojos y el peinado bien armado de peluquería. Alguna, de paso, se animaba también a probarse los tacos recién llegados, pero el plato fuerte giraba en torno a la charla. Bajo la mirada de las bailarinas de Degas, se pasaban las novedades del barrio o se recomendaban la última película o espectáculo. A mi tía y a mi abuela también les gustaba presumir de sus galas en el Teatro Colón. Muy perfumadas, marchaban ellas cada domingo con sus tapados de nutria y visón. Aída, Carmen, Madame Butterfly. Coleccionaban los programas de cada función y atesoraban cada movimiento ocurrido en la sala. Si aparecía Mirtha Legrand, por ejemplo, y las saludaba desde el otro extremo de la platea con su mano enguantada, en el negocio había tema para toda la semana. Mi abuela Sonia jamás se perdía los almuerzos de Mirtha. La adoraba en forma incondicional. Decía que era una mujer con agallas y con estilo.
El problema en el local sobrevenía cuando entraba alguna clienta. Mi tía y mi abuela se miraban, y mediante un código indescifrable, decidían cuál de las dos se iba a levantar para atenderla. En general, le tocaba a mi tía. En verano, Anita se quejaba porque las señoras no llevaban medias finitas. Vienen con los pies hinchados y transpirados, y no les queda la horma, rezongaba. Y automáticamente entraba al depósito y volvía con las medias, el talco y el calzador. Rebuznaba mientras hacía fuerza para que el par cediera ante tanto pie gordo. La clienta, aunque algo humillada, salía satisfecha con la tradicional bolsita de hule celeste y cintas marrones que decía Cotté Music Shoes. Mi tía creía que todas tenían que tener los piecitos de cristal número 35 como ella, y que era normal que todas llevaran las uñas pintadas de colorado y el acabado perfecto de la pedicuría.
En cambio, si la que se paraba para recibir a la clienta era mi abuela Sonia, la historia trasncurrría bien diferente. Además de intercambiar muy pocas palabras, si la señora calzaba 37 y por hache o por be no le caía muy bien, mi abuela decidía que no tenía su número. Agotado, le soltaba y mi tía que le gritaba desde el fondo que sí debía haber, que revolviera bien en el depósito. Sonia bufaba y seguía empacada. La vecina, entre enojada y desconcertada, se marchaba con la esperanza de volver en unos días con mejor suerte.
Un día entró una mujer muy elegante que le pidió los zapatos del afiche de Cotté Music Shoes. Eran unos tacones negros, estilo años 30, con cuatro tiras que se anudaban sobre la capellada. Punta cerrada y redonda. Taco 8. Era el modelo más divino que yo había conocido en la zapatería. Y, alguna vez, sola frente al espejo, me había animado a caminarlos. Tenía unos 10 años y nada me hacía más feliz que taconear haciendo equilibrio, ida y vuelta sobre la alfombra verde, imaginándome toda una mujer.
Aquel día entró esta clienta pidiendo justo el par del afiche, un modelo que se había hecho para la inauguración de Cotté, cuando estaba a la vuelta, frente a la estación, sobre Monroe. Mi abuela sacó vendiendo almanaques a la posible clienta, como si la vecina hubiese adivinado que en algún lugar del depósito ella escondía aquel par rutilante. Yo sabía perfectamente dónde estaban guardados y no le sacaba la mirada a mi tía. Después que la clienta salió, Sonia y Anita empezaron a cuchichear en armenio, como hacían cada vez que necesitaban conservar algún secreto.
Un agosto helado todo se oscureció. Primero la bronquitis se llevó a mi abuela y poco después al negocio. Cotté Music Shoes ya no era lo mismo sin Sonia, ni la casa con sus dos patios, el jardín con la parra, la higuera, los ciruelos y las rosas que mi abuela podaba a su mínima altura. Mi tía también se sentía perdida y hasta la ronda de amigas no reía igual. Se vendía cada vez menos y los números no cerraban para mantener Bauness y Blanco Encalada. De a poco, Anita tuvo que espaciar las visitas a la peluquería, se maquillaba cada vez menos y dejó de pintarse las uñas de colorado. La casa se vendió y con ella el negocio. Mi tía no tardó en mudarse a un apretado dos ambientes, donde no entraban ni los muebles buenos y enormes, ni la cristalería checoslovaca, ni las amigas porque ya no había vidriera desde dónde llamarlas.
Hace poco pasé a visitar a Anita por el departamento y a ayudarla con las estufas gastadas. Estuvimos haciendo orden y limpieza en todos los placares. Ella era muy prolija antes, pero la que mantenía todo impecable era mi abuela. Siempre fue su motor. Es más, algunos pensaron que Anita no sobreviviría cuando Sonia se fue.
Llovía mucho esa tarde y, mientras mi tía revolvía fotos y recortes amarillos, yo husmeaba en el ropero. Detrás de unas cajas, apareció la bolsita de hule celeste y marrón. Un rayo me bajó por la espalda. Mis manos se fueron directo a desatar las cintas como lo hacían hace 30 años atrás. En la caja, intacta, brillaban los tacones años 30 del afiche. Pero también estaban todos aquellos pares 37, mi número, que Sonia había ocultado selectivamente a las clientas. Respiré y seguí abriendo cajas. Aparecieron, uno tras otro, también, todos los 35 (el número de mi tía) de los mejores modelos firmados Cotté Music Shoes. Las chinelitas rojas bordadas, las sandalias amarillas con canutillos y hasta los semi cerrados plateados estilo Jackie, con la roseta de brillantes.
Le pregunté a Anita por qué no los usaba, en lugar de andar con los mismos mocasines viejos. En su camisón, apartó el vaso de vino y apenas me miró vidriosa. Le propuse llevarla al Colón, ni bien repusieran alguna de sus óperas favoritas.
Tuvimos que esperar varios meses hasta que reinagurara. Hasta que un domingo se presentó Aída. Nos sentamos en la fila seis, a cuatro butacas del pasillo derecho, como en los viejos y buenos tiempos. Nuestras manos y pies resplandecían en la penumbra del Teatro. Habíamos ido a la peluquería y, aunque nadie lo notaba, tía Anita y yo, nos habíamos pintado las uñas de los pies y las manos de colorado. Ella se había puesto los Jackie plateados y yo los tacones negros del afiche. Eran las cinco de la tarde y la función estaba por comenzar. Desde la otra punta de la fila, antes de que se apagara la última luz, Mirtha Legrand nos saludaba, elegante, con una leve inclinación de cabeza y su guante blanco y perlado. Fue la señal. Mi abuela estaba con nosotras. La función ya podía comenzar.

1 comentario:

alis dijo...

Te felicito, sencillamente un maravilloso retrato de los momentos vividos, que ahora estan solamenteen nuestros recuerdos.
Gracias Agua de Azucena!!