23.7.07

Monstruo

Creía que no iba a poder pegar un ojo en toda la noche. No, mientras el monstruo viviera. Se expandía como ameba por todo su cuerpo. Aumentaba minuto a minuto. La invadía. Tomaba cada centímetro de su pecho, boca y extremidades. Había ido creciendo desde el tórax. Y ahora se lo hacía explotar. De a ratos temblaba. A eso le seguía una opresión que no la dejaba respirar. El horrible germen había aparecido durante la tarde. Y se detonó en cuestión de segundos. Ella, que conoce de sus manías expansivas, hizo de todo para dominarlo. Mientras la bestia se revolcaba con fuerza dentro de su cuerpo, salió a dar una vuelta. Caminó, caminó, caminó. Con su cara, cortaba el frío. El bicho seguía ganando. Oyó que estaban dando misa. Dedujo que tal vez, entrando a la capilla, lo acorralaría. Ella, que justamente odia a los curas y también a la Iglesia. Se colocó detrás del último banco. El sacerdote retó a unos adolescentes que charlaban en el fondo y le dieron ganas de vomitar. Después habló de la alegría de los chicos cuando no van al colegio, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Salió rápido. Apuró el paso. Una cuadra, dos, diez, veinte. Algo parecía haberse apaciguado dentro y decidió volver. Pensaba que quizá ahora, podría encontrar el remedio. Ni bien abrió la puerta, saludó y nadie contestó. Intentó tranquilizarse y empezó a emitir señales. Una a una rebotaron en las paredes. En cada milímetro de masa acumulada dentro de la habitación. Insistió. Esperó. Rezó en silencio. Casi nunca lo hacía. Se sintió ridícula implorando ayuda a alguna Fuerza Superior, en la cual tampoco sabía si creía. Se sentía como una nena. Necesitaba a su mamá. El bicho repugnante y amorfo no la dejaba en paz. Le había trepado por el cuello y ahora le retorcía la garganta. Después había bajado y anidado en su estómago, trenzándole las tripas. Intentó distraerse con una película. No pudo seguirla. Se acostó. Trató de respirar. Cerró los ojos. Pensó que si lograba dormirse, a la mañana se sentiría mejor. Temía despertar en urgencias. Allí seguro desconocían el antídoto. Es que el remedio estaba alrededor. Quizá enfrente suyo. Rogó y recibió insultos, gritos y --otra vez-- obligación de silencio. Como pudo, dormitó pocas horas. Al amanecer, todo seguía igual. Hubiera esperado que el cemento del pecho desapareciera. Preparó el desayuno. Mandó nuevas señales. Todas volvieron con más violencia aún. Regresó a su cuarto. Respiró. Todavía no se explica cómo, en eso, sintió un breve abrazo. Extendió y relajó su cuerpo para recibir más. El antídoto no alcanzaba. Le dolían los ojos de tanto llorar. Y el monstruo se había recargado.

No hay comentarios: