24.12.07

¿NOCHEBUENA?)) No, Noche de Brujas.


Anoche, Avenida de los Incas y Alvarez Thomas. Sólo falta la escobita. Me gusta este clima fantasmal y tenebroso. Justo para hoy. No se peleen por el helado.

23.12.07

METAFISICA AL PASO))


Llevo días pensando una respuesta. ¿Qué diría la señora de la foto, en Córdoba y Juan B. Justo? ¿Y vos?

7.12.07

ARTE CALLEJERO)) La vajilla en el cantero


¡Buenísima idea! En la puerta de una casa de Tacuarí y Caseros, la vajilla no queda olvidada en la alacena. Qué mejor que lucirla en el macetero.

PASEO GUAU)) Me robé el auto

Muñiz y Rivadavia. Siete de la tarde. Hace mucho calor. Como 30 grados. No daba más y decidí salir a dar una vuelta. A pata, ni loco. ¡Con el hocico fuera de la ventanilla, y el vientito revolviéndome mi peluche de oveja, es otra cosa! Lástima que tengo que manejar...

26.11.07

RECOMENDADO)) "No somos ángeles"

Lili, Lili, ¿qué sabés de Norita? "Y... la velaron vestida de animal print". ¿Y de María Marta? "... el cuarto parece que está embrujado, los policías tienen pánico de ir..."
Lili se reúne con los abogados, camina los pasillos de Tribunales, habla con la gente, recorre los escenarios de las noticias y la redacción. Un datito suyo, cambiado como al pasar en el pasillo del diario, vale oro.
Lili es como esa vecina con quien todas adoramos salir a la puerta a conversar, porque es divertida, buena persona ¡y chusma! Lili es también una periodista seria, con mucho oficio, trayectoria y experiencia.
Será por todas estas cualidades, no tan fáciles de reunir, que nos ha regalado a todos los fanas de los policiales, "No somos ángeles". El libro cuenta todos esos datos de los grandes casos que Lili, Liliana Caruso, nos ha revelado en la máquina de café, antes de sentarse a escribir; esas semblanzas de policías, ladrones, abogados, sospechados, sospechosos, fiscales y jueces, que quedan en la libreta y cabeza del periodista. Junto a Mauro Szeta y Florencia Etcheves, este compendio jugosísimo de Editorial Marea, ya está en librerías. Recomendado para leer en la playa, la plaza, antes de irse a dormir, un inventario completísimo de datos y chimentos "no publicables".

23.11.07

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...


no ves que va la luna rodando por Callao....

(...)

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!

Cuando anochezca en tu porteña soledad,

por la ribera de tu sábana vendré

con un poema y un trombón

a desvelarte el corazón

(*) Balada para un loco.

2.11.07

Estamos descansando... no molesten




De frente y contrafrentre, las mismas chicas, descansando, viernes mediodía y con sol en Colegiales.

Y era naranja nomás

Bienvenido Lilium!

28.10.07

Cris, Cris, Cristina...

...suspira y fantasea con que la piropea un albañil", cantaba Sabina. A ésta, a la local, parece que también le gusta jugar a ser la más mirada y deseada... Y, a juzgar por el resultado electoral, la "actitud" (y el aparato detrás) no falla. Andrew Graham-Yooll lo escribe sin rodeos en El País.

* "Populacho y políticos reflejan la necesidad argentina de hallar una especie de nodriza, un ente maternal, una gran teta, que alimente las fantasías del jardín de infantes, la idea de "un país feliz" que supuestamente existió antes de la muerte de Eva Perón.

* "Fernández" no tiene el peso sonoro de "Perón", pero ella tiene el perfil de mujer argentina aspirante a la juventud interminable que permite la magia cosmética lograda con la indudable ayuda del bisturí. Todo esto, educación, éxito, cara de nena argentina estereotipada, un chismerío de mujer apasionada con brotes furiosos en la intimidad doméstica, conforman una personalidad que se hace atractiva al electorado argentino, siempre buscador de fantasías seductoras.

gemas preciosas

alegría. niñez. piedras de mar. perderse.

¿serán naranjas?


esperando que los lilium que planté despierten. les doy días.

21.10.07

FELIZ DÍA)) a las no mamás


A las que hoy no recibirán ningún regalo.

A las que han intentado todo tipo de tratamiento.

A las que le rezan a San Expedito.

A las que el reloj biológico les martilla la cabeza y el corazón.

A las que se les hunde el pecho cuando alguien les pregunta para cuándo.

A las que fantasean con robarse un bebé en el supermercado.

A las que subirían al auto un chiquito en el semáforo.

A las olvidadas en los padrones de adopción.

A las que viven a través de los hijos de otros.

A las que sienten alegría y tristeza cuando se enteran de un embarazo.

A las que toman ácido fólico.

A las que pincharían un forro.

A las que jamás admitirían cuánto les gustaría.

A las que no hablan del tema.

A las que sí hablan.

A las que simulan que están bien así.

A las que les duelen las publicidades festivas.

A las que callan cuando otros hablan de embarazo e hijos.

A las que están solas.

A las que guardan esperanza.


* Maternidad, de Oswaldo Guayasamin, pintor ecuatoriano.

20.10.07

SPA)) Regalo para el finde


Otra maravilla que tomé de Efecto Mariposa.


LA PRUEBA)) de que el calentamiento global existe.


La genial imagen la encontré en Efecto Mariposa, blog por cierto muy recomendable.

MUNDO BIZARRO)) Azuceno, el enano, irá a su cumbre

Una desopilante y genial idea del Museo de la Ciudad. Pide a los vecinos que acerquen los enanitos de jardín que tengan en sus casas. Los adornos van a formar parte de una muestra, especie de "Cumbre de los enanos", desde el 16 de noviembre. Los temibles enanos de yeso tienen su curiosa historia. Se ponen en las terrazas y parques porque --según la leyenda-- alejarían de los bosques a los verdaderos enanos de jardín, lugar favorito para perpetuar sus crímenes. Lo curioso es que a partir de los años 80 en Europa --donde hay mucho fundamentalismo-- surgen varios grupos de "liberadores de los enanos de jardín". Los roban de las casas de noche para devolverlos al bosque. Paradoja de la vida, uno de estos locos terminó preso por liberar en una noche a 150 enanos. En tanto, uno ellos, Roel, se hizo famoso porque el ladrón lo mandó a viajar por el mundo y el enanito mandaba una postal de cada lugar que visitaba. La idea, como ya muchos saben, fue "rescatada" en la película Amelie. Aquí les presento a Azuceno (el de más arriba, con las flores), mi propio enanito de jardín. Da miedo, pero les aseguro que es inocuo. Si se porta bien, Azuceno estará en la muestra del Museo de la Ciudad, junto a su enanito vecino, que vive en la terraza de al lado (el de aquí arriba). A los dos vecinos podrán conocerlos en Defensa 219, Capital, hasta fin de año. Y los que quieran sumarse a la propuesta del Museo pueden llamar al 4331-9855 y 4343-2123 o mandar un mail a prensamuseodelaciudad@buenosaires.gov.ar

8.10.07

VIAJES)) Naranjas, enanitos y azahar

Hay otra vida donde el enanito y sus amigos cuidan el puesto que vende naranjas gordas y brillantes, donde la tarde huele a azahar, donde se saluda con buenos días y buenas tardes, donde en menos de 24 horas es posible cruzarse cuatro veces con el mismo auto, donde al coche nuevo todo el pueblo lo reconoce, donde se duerme la siesta, donde los caballos, ovejas, gansos y gallinas andan sueltos por la calle, donde el de la mesa de al lado convida de su asado, donde se dice por favor y muchas gracias, donde la gente devuelve lo que otro se olvidó, donde nadie está apurado, donde en el restorán hay un señor que canta como Nino Bravo y las parejas bailan pero no salen por televisión, donde crecen las lechugas y los repollos a metros de la calle, donde las casas más humildes tienen vista al río Paraná, donde un domingo a mediodía hay más gente haciendo el asado que tomando sol en la playa, donde al porteño se lo reconoce antes de que hable, haga o diga nada, donde a los porteños no nos queda otra que callarnos. A dos horas y media de Buenos Aires, o veinte de la Quiaca, San Pedro.


29.9.07

EL JUEGO DE LAS DIFERENCIAS)) Se ha formado una pareja

Ella 82, él 24. Lo publicó Clarín. Marido y mujer. Creer o reventar. Nunca es tarde para... ¿Quién le quita la alegría a Adelfa Volpes, la flamante novia, ahora Señora de Waveqche. Su adorado marido, Reinaldo, 58 años menor, dijo: "Ella es una abuela, una madre y ahora también mi esposa. Es todo lo que nunca tuve en mi vida, después de mi mamá".
¿Cuántas formas tiene el amor? ¿Cuántos se animan a vivir en la diferencia --cualquiera sea-- y mostrarla? ¿Quién puede estar dentro de cada corazón solitario, saber como late, desespera, pena, ríe, llora, ansía, delira, ama o mata? ¿Cuándo se nos acabó la capacidad de creer? ¿Cuánta desconfianza nos hace más temorosos, menos comprometidos, menos libres, menos desinteresados, menos generosos, menos espontáneos y más solitarios?
¡Felicitaciones Adelfa! Seguro lo estás pasando bomba.

23.9.07

FOTORELATOS)) Minicuento cartonero

ella duerme para olvidar y sueña lo que no quería recordar. frente a su ventana una pareja cartonera come, ríe y se besa. acurrucados en la vereda, entre desperdicios, sol y mal olor, conversan. el descanso termina. él tira del carro. ella lo sigue.
la que duerme para olvidar, toma café. nadie tira del carro. sueña que se va con Cartonero Él.




FOTOVERSO)) aZa-lea

oxígeno verde
que haría falta
para encontrarte
afuera
vacío
no hay eco
motor que para
respira
golpea
milagro
que busca
le cuesta
andar
espera
que sueña
que algún día
no muy tarde
despiertes
y llegues
para abrazarte.

13.9.07

GALERIA)) Hábitos de monja


PURO VERSO)) centrifugada

quién dijo que todo está perdido
yo vengo a ofrecer mi corazón
quizá no tenga sentido
mejor trabarlo en el infierno hoy

celda incómoda que ajusta
ideas que sujetan más
es justo aún esperar
se puede ya no dilatar

compartir o abrir caminos
cuestión de evaluar
sentir ya no se pide
si el rumbo va a demorar

el que pasa pero no queda
el que come pero no está
el que llega pero sigue
el que viene pero se va

quién dijo que todo está perdido
quizá una con una deba andar
quién dijo que todo está perdido
más vale tarde que nunca largar

trepa el temblor de no poder
de saltar y no despegar
vértigo que nace de lo negro
del pecho hundido y del metal

pesa como el cemento
no deja respirar
aprieta madrugadas y desveladas
vale que no vale esperar ya.

10.9.07

GALERIA)) Esperando que nos atiendan...


En la guardia del Hospital Tornú, barrio Agronomía. "Qué suerte que conseguimos silla!".


GALERIA II)) El gatito paralítico


Aunque un poco rota, me viene bien esta silla de ruedas. En el Tornú, hay que atravesar grandes parques para llegar de un sector al otro del hospital. Mejor que me lleve una enfermera. Estoy cansado. Miauu.



5.9.07

CASOS)) ¿Vengadoras asesinas?

"En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre" está en el relato Letras de azúcar, en este mismo blog. Pero, ya se sabe, la realidad supera la ficción. Gloria Nélida Opazo, la amante del cardiólogo de Caballito, lo acaba de confirmar. Despechada "se ajustició" acertándole al jefe de Cardiología del Hospital Rivadavia tres disparos, dos en la cara y otro en la espalda. La morocha de 55 años, que viaja en taxi y sólo usa tacos altos, había preparado este momento. Seis meses atrás se afilió al Tiro Federal y tomó clases para manejar el arma. Y hace cuatro meses compró las balas y la pistola calibre 3.80 (¿reglamentada? ¿qué psicólogo firmó el permiso?). El, Rubén Angel Farah, con 49 años, cayó a una cuadra y media de su casa mientras su familia lo esperaba para cenar.
La otra vengadora es la ex que mandó a apretar al padre de sus tres hijos, un abogado reconocido en Monte Grande. Y a los muchachos pesados como ella, se les fue la mano. A los 47 años, Cristian Vázquez fue encontrado asesinado en un descampado en Ezeiza.
Por último (y por ahora, aunque este fue el primero de estos casos que en su dramatismo fueron in creyendo --¿leeerán los diarios estas señoras?--) es la escena que protagonizó el conocido profe Daniel Córdoba. El técnico futbolero se salvó por poquito. Es más, la sacó muy "barata". Es que su novia paraguaya, María Elena Servín, lo cortó con un jarrón de porcelana, justo ahí por dónde -digamos- todo hacía indicar que la había traicionado. ¿Qué pasó? Ella encontró en su celular unos mensajitos que no deberían haber estado. Horas después, él le pidió perdón públicamente y habló maravillas de ella.
¿Qué secretos mecanismos hacen detonar a las mujeres vengadoras? ¿Asesinas?

2.9.07

21.8.07

RELATOS)) Zapatos con música

A eso de las cuatro de la tarde, el olor de las rosquitas recién hechas se mezclaba con el de la suela nueva y el pegamento de los zapatos. Mi abuela preparaba el mate sin azúcar y la ronda empezaba en los sillones de atrás del negocio. En realidad era el living que hacía de nexo entre el local y el resto del caserón de Villa Urquiza. En el sofá y los dos sillones de un cuerpo, tapizados en gross color azufre, mi abuela Sonia, mi tía Anita y sus amigas se juntaban alrededor de la mesa ratona a leer revistas y esperar que entrara alguna clienta.
Cada conocida que pasaba por la puerta de Cotté Music Shoes, miraba a través de la vidriera, levantaba la mano y entonces mi tía o mi abuela -de acuerdo al grado de simpatía que las unía o no- le hacía una seña. Así, a medida que avanzaba la tarde, iban entrando y se acomodaban por orden de llegada en los sillones amarillos del negocio. Hilde, Bianca, Mumi, María Graciela. Aunque todas eran muy diferentes, la mayoría imitaba en la coquetería a mi tía Anita: las uñas pintadas de colorado, la sombra verde sobre los ojos y el peinado bien armado de peluquería. Alguna, de paso, se animaba también a probarse los tacos recién llegados, pero el plato fuerte giraba en torno a la charla. Bajo la mirada de las bailarinas de Degas, se pasaban las novedades del barrio o se recomendaban la última película o espectáculo. A mi tía y a mi abuela también les gustaba presumir de sus galas en el Teatro Colón. Muy perfumadas, marchaban ellas cada domingo con sus tapados de nutria y visón. Aída, Carmen, Madame Butterfly. Coleccionaban los programas de cada función y atesoraban cada movimiento ocurrido en la sala. Si aparecía Mirtha Legrand, por ejemplo, y las saludaba desde el otro extremo de la platea con su mano enguantada, en el negocio había tema para toda la semana. Mi abuela Sonia jamás se perdía los almuerzos de Mirtha. La adoraba en forma incondicional. Decía que era una mujer con agallas y con estilo.
El problema en el local sobrevenía cuando entraba alguna clienta. Mi tía y mi abuela se miraban, y mediante un código indescifrable, decidían cuál de las dos se iba a levantar para atenderla. En general, le tocaba a mi tía. En verano, Anita se quejaba porque las señoras no llevaban medias finitas. Vienen con los pies hinchados y transpirados, y no les queda la horma, rezongaba. Y automáticamente entraba al depósito y volvía con las medias, el talco y el calzador. Rebuznaba mientras hacía fuerza para que el par cediera ante tanto pie gordo. La clienta, aunque algo humillada, salía satisfecha con la tradicional bolsita de hule celeste y cintas marrones que decía Cotté Music Shoes. Mi tía creía que todas tenían que tener los piecitos de cristal número 35 como ella, y que era normal que todas llevaran las uñas pintadas de colorado y el acabado perfecto de la pedicuría.
En cambio, si la que se paraba para recibir a la clienta era mi abuela Sonia, la historia trasncurrría bien diferente. Además de intercambiar muy pocas palabras, si la señora calzaba 37 y por hache o por be no le caía muy bien, mi abuela decidía que no tenía su número. Agotado, le soltaba y mi tía que le gritaba desde el fondo que sí debía haber, que revolviera bien en el depósito. Sonia bufaba y seguía empacada. La vecina, entre enojada y desconcertada, se marchaba con la esperanza de volver en unos días con mejor suerte.
Un día entró una mujer muy elegante que le pidió los zapatos del afiche de Cotté Music Shoes. Eran unos tacones negros, estilo años 30, con cuatro tiras que se anudaban sobre la capellada. Punta cerrada y redonda. Taco 8. Era el modelo más divino que yo había conocido en la zapatería. Y, alguna vez, sola frente al espejo, me había animado a caminarlos. Tenía unos 10 años y nada me hacía más feliz que taconear haciendo equilibrio, ida y vuelta sobre la alfombra verde, imaginándome toda una mujer.
Aquel día entró esta clienta pidiendo justo el par del afiche, un modelo que se había hecho para la inauguración de Cotté, cuando estaba a la vuelta, frente a la estación, sobre Monroe. Mi abuela sacó vendiendo almanaques a la posible clienta, como si la vecina hubiese adivinado que en algún lugar del depósito ella escondía aquel par rutilante. Yo sabía perfectamente dónde estaban guardados y no le sacaba la mirada a mi tía. Después que la clienta salió, Sonia y Anita empezaron a cuchichear en armenio, como hacían cada vez que necesitaban conservar algún secreto.
Un agosto helado todo se oscureció. Primero la bronquitis se llevó a mi abuela y poco después al negocio. Cotté Music Shoes ya no era lo mismo sin Sonia, ni la casa con sus dos patios, el jardín con la parra, la higuera, los ciruelos y las rosas que mi abuela podaba a su mínima altura. Mi tía también se sentía perdida y hasta la ronda de amigas no reía igual. Se vendía cada vez menos y los números no cerraban para mantener Bauness y Blanco Encalada. De a poco, Anita tuvo que espaciar las visitas a la peluquería, se maquillaba cada vez menos y dejó de pintarse las uñas de colorado. La casa se vendió y con ella el negocio. Mi tía no tardó en mudarse a un apretado dos ambientes, donde no entraban ni los muebles buenos y enormes, ni la cristalería checoslovaca, ni las amigas porque ya no había vidriera desde dónde llamarlas.
Hace poco pasé a visitar a Anita por el departamento y a ayudarla con las estufas gastadas. Estuvimos haciendo orden y limpieza en todos los placares. Ella era muy prolija antes, pero la que mantenía todo impecable era mi abuela. Siempre fue su motor. Es más, algunos pensaron que Anita no sobreviviría cuando Sonia se fue.
Llovía mucho esa tarde y, mientras mi tía revolvía fotos y recortes amarillos, yo husmeaba en el ropero. Detrás de unas cajas, apareció la bolsita de hule celeste y marrón. Un rayo me bajó por la espalda. Mis manos se fueron directo a desatar las cintas como lo hacían hace 30 años atrás. En la caja, intacta, brillaban los tacones años 30 del afiche. Pero también estaban todos aquellos pares 37, mi número, que Sonia había ocultado selectivamente a las clientas. Respiré y seguí abriendo cajas. Aparecieron, uno tras otro, también, todos los 35 (el número de mi tía) de los mejores modelos firmados Cotté Music Shoes. Las chinelitas rojas bordadas, las sandalias amarillas con canutillos y hasta los semi cerrados plateados estilo Jackie, con la roseta de brillantes.
Le pregunté a Anita por qué no los usaba, en lugar de andar con los mismos mocasines viejos. En su camisón, apartó el vaso de vino y apenas me miró vidriosa. Le propuse llevarla al Colón, ni bien repusieran alguna de sus óperas favoritas.
Tuvimos que esperar varios meses hasta que reinagurara. Hasta que un domingo se presentó Aída. Nos sentamos en la fila seis, a cuatro butacas del pasillo derecho, como en los viejos y buenos tiempos. Nuestras manos y pies resplandecían en la penumbra del Teatro. Habíamos ido a la peluquería y, aunque nadie lo notaba, tía Anita y yo, nos habíamos pintado las uñas de los pies y las manos de colorado. Ella se había puesto los Jackie plateados y yo los tacones negros del afiche. Eran las cinco de la tarde y la función estaba por comenzar. Desde la otra punta de la fila, antes de que se apagara la última luz, Mirtha Legrand nos saludaba, elegante, con una leve inclinación de cabeza y su guante blanco y perlado. Fue la señal. Mi abuela estaba con nosotras. La función ya podía comenzar.

17.8.07

PURO VERSO)) Oceanía

Amor como laberinto infinito
Olla de insomnes alterados
Se cocina en cuenta gotas
Faro intermitente.

Luz que no se toca.
Sacude a medianoche
Inquieta. Crea. Levanta.

Será todo o será falta
Abismo inducido de aire
Mares y palabras
Fantasmas con balas.

De un sí a un no, una lágrima
De un no a un click, un océano.

Grageas que son veneno
Por abrazo suspendido
Dos letras repetidas
Y la distancia expandida.

14.8.07

HISTORIAS)) Quino, Manolito y recuerdos de San Telmo

Odiaba caminar por el barrio. Me enojaba. Me parecía feo. Intimidatorio. Mi madre me mandaba al almacén, cuando tenía siete años, porque era a la vuelta y “no había que cruzar la calle”. A los 10, ya me agregaba a la lista de mandados, ir hasta el Mercado de Defensa, a tres cuadras y media. Pero yo detestaba también ese trayecto. Apretaba la mandíbula fuerte y la colocaba hacia adelante. En actitud guerrera, ponía cara de perro con rabia. Ni eso hacía desistir a los muchachos y sus piropos poco creativos en las empedradas calles de San Telmo, allá por los 70, cuando Independencia era angosta. Además, el barrio me hacía sentir “como sapo de otro pozo” frente a mis compañeritos de colegio en el Centro. Al único que le gustaba era a mi viejo tanguero, orgulloso de vivir a metros de El Viejo Almacén. Pero había más cosas, menos "atractivas". Por ejemplo la CGT frente a casa. Ya pueden imaginarse lo que era la avenida Paseo Colón (nosotros vivíamos en el 797) en aquellos años. Desde nuestro departamento, en el piso 11, además del río, se veía todo. Cada marcha. Cada manifestación. Montoneros. Bombos. Y hasta vimos pasar, literalmente, el cajón de José Rucci, el Secretario General de la CGT, asesinado en 1973. “El cadáver de Rucci”, era justamente a lo que jugábamos mis hermanos y yo en los recreos del colegio, imitando lo que veíamos a los seis años desde la ventana.
Pasaron más de tres décadas y volví a la manzana donde nací. Fui directo a Balcarce 774 a buscar a Don Manolo. Así recordaba yo a nuestro almacenero, un hombre grandote, rubión y de cara colorada, que nos fiaba y nos hacía probar galletitas mientras “limpiaba” la mesada con un trapo rejilla, el mismo que después usaba para repasar la máquina donde cortaba el jamón.
Hace días nos enteramos que el Gobierno de la Ciudad está cerca de poner una placa recordatoria en la casa donde vivió Quino (Chile 371), gracias a la movida que impulsó Bloc de Periodista. Leyendo esta nota y otras relativas me desayuno con que el mismísimo almacén adonde mi mamá me mandaba a la vuelta, “porque no había que cruzar la calle”, es el que hoy exhibe orgulloso la placa “Almacén de Don Manolo” y en el que supuestamente se inspiró Quino para crear al célebre amiguito de Mafalda. Allí atiende hoy Don Manolo, que no es el hijo del hombre a quien le comprábamos jamón, sino su primo. Y fue este Manolo quien me ayudó con el rompecabezas nostalgioso.
En realidad, él y su papá manejaban el Almacén Don Manolo en el Mercado de San Telmo, ese adonde yo iba con más cara de perro. Su puesto estaba entrando por Defensa a la derecha, enfrente al del carnicero de pelo largo, por quien yo moría de amor infantil y que era un calco del jugador Rubén Ayala, de San Lorenzo, el club de mi hermano Simón. Manolo se acuerda de las otras épocas del Mercado, “no como ahora que está lleno de gente extraña”, dispara y sigue: “Antes pasábamos música para que escuchara todo el mundo”. En los 90 se mudó con su Almacén al lugar que ocupa ahora y que fuera de su primo Alfredo (al que le comprábamos el fiambre), en Balcarce entre San Lorenzo e Independencia. Y eso sí, este Don Manolo colgó la placa que recuerda que Quino se inspiró en él y su familia para su historieta. Sin embargo, aclara: “Yo no soy Manolito. Quino armó un rejunte de todo. ¿O me ves a mí con los pelos parados, petiso y regordete?”, increpa sonriente el hombre que pasó largos los 50 y que, paradójicamente, se parece más a Quino que a Manolito. Estuvimos charlando un rato. La política pesada de aquellos años tiñe la conversación.
Recuerdos aparte, hoy para comprar en el almacén –devenido en “polirubro”--, ya no se entra al local sino hay que asomarse a una ventana atiborrada de chorizos, tartas, fiambres, empanadas, salsa criolla, chimichurri, mostaza y ketchup. Taxistas, ciclistas y vecinos pasan y saludan a Manolo mientras miran si se tientan con algo del singular “buffet froid”, enmarcado por fotos de los personajes del barrio, intelectuales, políticos, famosos y de los otros. Desde allí también se “pispea” lo que adentro permanece exactamente igual al almacén de mi recuerdo, el color gris que empasta cada rincón cargado de objetos. Tampoco ha cambiado el olor denso, ni ese aire que lo hacía tan particular.
Me fui pensativa, con más dudas para mi rompecabezas. Caminaba de regreso por la empedrada Balcarce y, desde una obra en construcción, otra vez los piropos de los muchachos. Esta vez, sonreí.
(*) Gracias a Bar de Monos Chilenos. por la foto del Almacen Don Manolo.

10.8.07

Desventuras del engripado

1. Sentir que un camión te aplastó los huesos, dos pinches se te clavaron en los ojos y tu nariz está punto de reventar.

2. Que tu madre te llame para saber cómo estás y que te diga: "Ay, pero no se te escucha tan mal".

3. Que cada persona que te ve moquear, te pase su remedio casero: repollo con naranja, cebolla licuada, vino caliente, leche hirviendo con miel, whisky...

4. Que esas mismas personas, al día siguiente, te pregunten si seguiste sus consejos.

5. Que esas mismas personas, al día siguiente, te reten por no haberlos seguido.

6. Que los que saben que sos adicto a los fármacos, te aconsejen que tomes algo (que ya tomaste, obvio).

7. Que esas mismas personas sean las que siempre te piden un ibuprofeno cada vez que les duele algo.

8. Que llames al médico y que te diga: "Es un virus".

9. Sentir que volás de fiebre, pero que el termómetro no lo registre, porque así vienen los virus ahora.

10. Que por esta misma razón, en el trabajo no te justifiquen la falta.

11. Que tengas un trabajo donde sí te la justifican y que, por exceso de responsabilidad, igual vas.

12. Que tus compañeros, al verte hecho pelota, te digan: "¡Por qué no te tomaste el día!"

13. Que en 24 horas se te vacíen tres cajas de carilina: una en tu casa, otra en el auto y otra en el trabajo.

14. Que tampoco te alcanzan los packs de seis paquetes de tisú.

15. Que los tisú Elite no se consiguen y las otras marcas raspan la nariz.

16. Que cuando todo esto falla, tu pañuelo pasa a ser rollo de papel higiénico (que raspa más).

17. Que te vas a la cama con los tisú, el agua mineral, la miel, el mentisán, las gotas para la nariz y el ibuprofeno.

18. Que aún con toda esta parafernalia, seguís respirando por la boca, tenés la nariz tapada y no dormís.

19. Que a la mañana siguiente, a las 7 am, caiga el albañil que hacía un mes que esperabas.

20. Que justo ahora no quedó nada sanito en la heladera y no tenés a nadie para mandar al almacén y a la farmacia.

21. Que además de estar engripado, sos alérgico.

(*) La viñeta es de Smog.

9.8.07

RELATOS)) Letras de azúcar

 Le había pegado tantas patadas como pudo. Hasta que no dio más. Hasta que quedó tiesa. Inmóvil. Su cuerpo flaco, huesudo y largo no se movía. Sólo algunos espasmos que la asustaron. Parecía que no respiraba. La tomó de los pies, pesaba mucho, y la arrastró hacia arriba por la escalera. Pensó un instante dónde la dejaría. La casa estaba vacía ya. Quizá, lo que más le cerraba, era guardarla en el ropero donde tantos años había acumulado cosas viejas, que ya no usaba o no le gustaban. La impresora de la compu. Un adorno de un gato tailandés. Collares de semillas étnicas. Cajas de lata. Se convenció. Qué mejor que el ropero del altillo. Además, estaría cómoda ahí. Podría tener estiradas sus patas de tero. Ahora que ya no estaban los trastos. Ahora que la casa estaba vacía. Ahora que Marianela tenía que mudarse.
Al fin y al cabo, toda la culpa había sido de la Colorada. Marianela sabía bien que, de no ser por esa chica, toda esta cuestión no habría sucedido. Quizá no se le hubiera ido la primera patada. Ni la segunda. Ni la tercera.
Aquella mañana, cuando el flete se llevó sus cosas a Barracas, la heladera, el lavarropas, la mesa y la cama grande, le dieron ganas de llorar. Después, pensó que el duelo había empezado y se repitió que era normal. Que lo mejor sería hacerse un café y aceptarlo. Se había quedado sola en la casa que hasta hace semanas había visto crecer y transformarse su relación durante años.
Amargo no le gustaba el café, azúcar ya no había y no era este un momento para improvisar o sacrificarse. Se le ocurrió cruzar la calle y llevarse un sobrecito del bar. No creía que la Colorada estuviera allí. Sabía que hacía el turno de la noche. Empujó la puerta de vidrio y a la única que vio, detrás de la barra, fue a ella que le estaba pasando un trapito a las copas. Habrá cambiado el turno, pensó, e instintivamente quiso darse media vuelta y salir. Pero se detuvo. Eso era huir. No iba con su personalidad. Después de todo, si había alguien que podía sentir remordimiento o culpa, no era Marianela. Las dos sabían que sabían, pero ninguna dijo nada. Apenas si se miraron. Marianela apoyó un codo en el mármol frío, estiró dos dedos regordetes y se quedó con dos sobres de azúcar. Se esforzó por no leer el mensaje en la bolsita. Los consideraba mensajes banales. Segundos después, estaba leyendo. “El hombre odia a quien le hace sentir su propia inferioridad”, decía el primero. Y el otro, “En la venganza, como en el amor, la mujer es más barbara que el hombre”. Intentó convencerse de que sólo eran lugares comunes, y nada tenían que ver con su destino. Menos todavía con un mensaje premonitorio quizá. La avergonzaba pensar de este modo. No iba con una joven dedicada a las artes.
Apurada, volvió a la casa. Abrió el portón de maderas bajas gastadas, atravesó el patio, y se sentó sobre el parquet del cuarto. El café, después de todo, estaba rico. Y los sobrecitos le habían servido. Se sentía contenta por no haberse achicado. Encendió un cigarrillo y miró a trasluz por la ventana. Ninguna hoja se movía y el aire traía el olor de los tilos en primavera. Su mente empezaba a divagar y relajarse cuando oyó que llamaban a la puerta. Pensó que sería su hermana, aunque era un poco temprano para pasar a buscarla. Espió por detrás de la persiana y la vio de espaldas. El pelo largo, rojo y enrulado. La campera negra con flecos. Las botas tejanas con el jean abuchonado. Siempre le había parecido ordinaria la Colorada. Todavía se preguntaba qué le había visto él. Barajaba algunas hipótesis. Las piernas de modelo desgarbada. Sus veinti y pico, o la condición de mina lineal y básica. Nada que pudiera hacerle frente, ni objetar sus mínimas ideas de macho enajenado. La Colorada estaba parada allí, sosteniendo en su mano derecha la bandolera hindú de Marianela. Entendió que se la había olvidado sobre la barra del bar. Desconfió de su supuesta amabilidad al ir a devolvérsela. Dedujo que tal vez había tomado el descuido como excusa para ir a explicarle algo, para justificar su apropio, cualquiera de los dos. Le abrió la puerta y, en ese instante, escuchó sonar el teléfono en la habitación. Dudó en atender. Ya no quería entrar de nuevo al cuarto. Pensó que quizá era su hermana para avisarle que estaba retrasada. Se cortó antes de que llegara a levantar el tubo. Al volver tras sus pasos, la Colorada estaba parada dentro de la pieza, enfrente suyo. Nadie le había dado permiso para entrar. Aunque claro, lo había hecho en otras oportunidades, cuando Marianela estaba en la productora. Seguro que se había desvestido dentro de esas mismas cuatro paredes y había dejado su ropa con perfume barato desparramada en el piso. Allí, delante, la Colorada despedía ese gesto provocador de quien disimula victoria con ingenuidad. Sus ojos color miel le parecieron los del Diablo. La Colorada estiró la mano para devolverle la cartera. Su brazo largo, desnudo y plateado le apuntaba al pecho como una daga. Quizá tendría una navaja dentro de la bolsa, pensó Marianela, y la estaba empuñando. Una patada voladora, de esas que había practicado en Tai Chi, le irrumpió desde el centro de su corazón, pero con más fuerza de lo que había aprendido en las clases. De hecho, no se explicaba de dónde había sacado tanta potencia. Le rozó la cara verde con pecas a la Colorada y la tiró al piso de un golpe seco. No pudo ocultar una dosis de satisfacción. Le sacudió el lomo para ver si se movía. Pateó una, dos, y tres veces. Nada. Parecía que no respiraba. La tomó de los pies, pesaba mucho, y la arrastró hacia arriba por la escalera. La envolvió en una sábana y la guardó en el ropero de las cosas viejas, ese adonde iban a parar los objetos que no le gustaban como el gato tailandés y las cajas de lata. Ahora estaba vacío y tendría buen lugar para estirar sus piernas de tero peludas. Para descansar.
Volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí, era su hermana pero para avisar que no venía. En otro momento Marianela hubiera trinado de la bronca. Nada de eso sucedió. No sentía angustia. Ni rabia. Ni opresión. Al contrario, se percibía liviana.
Bajó, fue al cuarto y levantó la cartera que había quedado tirada, al lado de los sobrecitos de azúcar. Marianela se la cruzó como bandolera y salió sonriente al patio. Era un día radiante. Respiró hondo, atravesó la puerta de maderas bajas y se animó a llevarse la bicicleta. Antes de dar el primer empujón al pedal, metió la mano en la carterita y sacó la Trávex. Sin darse la vuelta la tiró hacia atrás, por encima de sus hombros. A juzgar por el sonido del agua, imaginó que había caído en el estanque donde nadaban los peces rojos. No le importaba que la casa quedara abierta. Nada de lo que había allí dentro le significaba algo. Sintió una cosquilla de felicidad. Siguió pedaleando.

8.8.07

GALERIA)) Asoleados




En nuestros archivos del 6 de julio, habíamos presentado al papá de los perris. Aquí, sus bebés, asoleándose en plena calle Tacuarí, en el mediodía de Buenos Aires. Aceptamos sugerencias de nombres para los hermanitos canes.



2.8.07

¿Qué actitud tomamos con lo que no tenemos?


Lo plantea Ana von Rebeur, dibujante y periodista argentina, en sus viñetas Zapatos y Viejita. La primera, además, inspiró al turco Burak Apaydin para hacer un video que subió a You Tube y en cinco días recibió 2.000 visitas. Compartimos los trabajos. Conmueven. Que los disfruten.





1.8.07

Tics de periodistas...

1.Si se te cuelga la computadora, empezás a apretar todas las teclas descontroladamente hasta que la colgás todavía más.

2. Llamás a todo el mundo para arreglarla y no escuchás a nadie.

3. Sos alarmista, desconfiado y miedoso.

4. Sos chismoso.

5. La curiosidad, más que matarte, te fortalece.

6. Cada vez que leés una mala noticia, en el fondo estás pensando "esto me podría haber pasado a mí".

7.Cuando alguien, apesadumbrado, te cuenta su historia, estás pensando "qué buena nota".

8. Sos hipocondríaco y alérgico.

9.Sos adicto al cine o a los libros o a la música, o a todo a la vez.

10.Tenés insomnio o dormís mucho.

11. No te acostás antes de la 1 de la madrugada y hasta las 11 de la mañana sos un zombi.

12. Si un colega te cuenta un chisme top secret, por lo menos se lo contás a tres más.

13.Ante cualquier anécdota que escuchás, siempre tenés una mejor.

14. Sos maniático y obsesivo. Te alterás si no te devuelven una lapicera, si alguien movió medio centímetro tu monitor o robó tu silla.

15.Guardás y acumulás todo tipo de recuerdos, tickets, entradas a museos, postales, revistas, recortes de diarios, folletos, anotaciones y fotos.

16.Cada vez que decís "voy a tirar todos estos papeles", descubrís algo nuevo para archivar.

17. Algún rincón de tu casa, se ha convertido en mini museo.

18. Presidís y organizás la reunión de consorcio en tu edificio.

19. Redactás las notas de queja ante el administrador, arquitecto, servicios públicos y/o vecinos molestos.

20. En un evento, casamiento o cumpleaños, observás a todos y te dedicás a criticar mentalmente a cada uno.

21.Podés mantener una reunión entre colegas, hablando todos a la vez, escucharlos, entenderlos y seguir hablando vos solo.

22. Te tienta la queja más que el medio vaso lleno.

23. Si reunís más de la mitad de estas condiciones, sufrirás bastante en la vida, pero seguro serás un periodista de regular a bueno. Algo es algo.

29.7.07

Artemisa, diosa de armas llevar

Artemisa era una mujer, mejor dicho una diosa, de armas llevar. Quizá tenga que ver que -además de la diosa de la fertilidad y de los partos- también la consideraban la diosa de los cazadores. Es que Artemisa andaba por la vida munida de arco y flecha, despilfarrando carácter, y peleando por lo que quería (de ahí, tal vez, las protuberancias de la imagen, que primero se creían eran pechos y ahora se piensa son testículos de toro... sí, tal cual lo leen). De entrada nomás, Artemisa hizo de todo para poder nacer. Primero tuvo que bancarse que Hera (otra esposa de su papá Zeus) se pusiera celosa de su madre Leto, y le prohibiera parir en tierra firme o en cualquier isla. Entonces, Leto tuvo que irse a Delos, una isla flotante recién creada. Pero una vez que sorteó este inconveniente, apareció otro (siempre hay otro). Hera, además, había secuestrado a Ilitía, la diosa de los partos. Las demás deidades la tentaron con un collar de ambar de ocho metros para que la soltase. Así es que primero nació Artemisa y, luego ella misma ayudó a nacer a su hermano gemelo Apolo.
Después, la Diosa agarró a su papá Zeus, cuando sólo tenía tres añitos, y le arrancó una serie de pedidos, como para andar cómoda por todos lados. Primero le dijo que no pensaba casarse nunca. Y después le pidió un ejército de sabuesos, ciervos para que tiraran de su carro, y ninfas como compañeras de cacería. Los problemas empezaron a llegar cuando se fue topando con algunos señores. El primero fue Acteón, que la vio bañándose desnuda en un bosque, y se enamoró al instante. Artemisa lo convirtió en ciervo. Con Sipriotes, otro candidato, hizo algo parecido. Lo transformó en mujer. El drama y los grandes líos vinieron, sin embargo, con Orion. Una de las versiones dice que Artemisa estaba enamorada de él y pasaban mucho tiempo juntos cazando. Apolo, su gemelo, se puso celoso y mandó un escorpión gigante para matarlo. Artemisa quizo esconder a Orion en una isla. Pero cayó en la trampa de su gemelo. Un día, el hermano la desafía a pegarle un flechazo a una roca que flotaba en el agua. Era la cabeza de Orion. Cuando los restos llegaron a la orilla, Artemisa lloró mucho y envió a las estrellas, al cuerpo y a su perro de caza. En el cielo, brillaron como las constelaciones Orion y la estrella Sirio. Y el escorpión pasó a ser la constelación Escorpio.
Hay muchas historias más. Lo cierto es que hoy el templo dedicado a la Diosa griega, subsiste luego de haber sido quemado un par de veces desde la antigüedad. Con sus 127 columnas jónicas de 20 metros de alto, resplandece en Efeso, Turquía, a orillas del mar Jónico. Está considerado una de las siete maravillas del mundo, no se sabe si por su enigmática belleza o por las encumbradas luchas de su dueña. Quizá ambas cuestiones sean parte del mismo misterio.

La derrota, de Manuel Vicent

Durante las épocas de paz, las higueras crecen en las grietas más altas de los castillos. Las he visto entre los sillares de Efeso, Pergamo, y Epidauro, en las murallas medievales de Rodas, en las barbacanas de la fortaleza papal de Aviñon. Cuando la larga paz convierte los baluartes en ruinas, a ellas ascienden las aves llevando semillas de higuera y de otros frutales en las patas y estos árboles arraigan y luego brotan en mitad de torreones, en la cima de los santuarios derruidos, como en un acantilado cuyas elevadas grutas sustentan ramas de granado con nidos de águilas.
De igual modo, después de cualquier destrucción a la que el tiempo o la soledad te hayan sometido, también los pájaros azules volarán hasta los resquicios inaccesibles de tu alma con las alas llenas de simiente de flores, las cuales nacerán sobre el humus que haya creado el dolor, y entonces volverá un día de gloria y melancolía para ti. Recuerda que, a pesar de todo, lo más elegante todavía es la derrota. De ella quisiera escribir ahora mientras suena la música de Donizetti en el Elixir de amor.
En nuestra sociedad, que está amasada con héroes y mercancías, los máximos vencedores siempre acaban anunciando sardinas en escabeche. Así trabaja el destino. Afrodita hoy pasaría modelos de Yves Saint Laurent, y Sócrates haría filosofía envuelto en una sábana a la sombra de esa valla donde brilla con el fulgor del cerdo una salchicha de Mc Donald. Huye del éxito, criatura, porque todo el que triunfa ya ha muerto. Pide sólo que los dioses te quieran, vístete de dril, y apartado de la fama, contempla el mar hasta que tus ojos se vuelvan azules. La victoria engendra dispepsia. En cambio, la melancolía es una vid muy dulce que los dioses reservan para algunos escogidos perdedores. Antiguamente era una enfermedad sagrada. Ahora, la melancolía se ha convertido en un estanque cuyo espejo reflejo la imagen de algunas ruinas, de sabios y flores, marginados decadentes, aves azules, frutas de oro, la última gente elegante que ha sido derrotada pero no vencida.

(*) Diario El País, 1989. (En la foto, el templo de Artemisa en Efeso).

25.7.07

¡Las de 40!

1. Si te empezás a maquillar cada vez más las ojeras, tenés 40.

2. Si mentís cada vez que te preguntan la edad, tenés 40.

3. Si cada vez que te mirás al espejo, te enfurecés ante la presencia de una nueva cana, tenés 40.

4. Si cada vez elegís las cremas más caras para la cara, tenés 40.

5. Si tratás de darte ánimo cuando ves una foto de Demi Moore como esta (¡sí, tiene 44!), tenés 40.

6. Si te dedicás a comparar cómo envejecen las otras, tenés 40.

7. Si leés cada nota de menopausia que cae en tus manos, tenés 40.

8. Si ya no te animás a la mini y te da pudor andar revolviendo pilchas (para vos) en el sector "teen" de la tienda, tenés 40.

9. Si llevás la cuenta de cuánto botox se inyectó tu vecina, tenés 40.

10. Si festejaste tu cumpleaños en algún sitio ignoto del planeta o hiciste una megafiesta, cumpliste 40.


23.7.07

Monstruo

Creía que no iba a poder pegar un ojo en toda la noche. No, mientras el monstruo viviera. Se expandía como ameba por todo su cuerpo. Aumentaba minuto a minuto. La invadía. Tomaba cada centímetro de su pecho, boca y extremidades. Había ido creciendo desde el tórax. Y ahora se lo hacía explotar. De a ratos temblaba. A eso le seguía una opresión que no la dejaba respirar. El horrible germen había aparecido durante la tarde. Y se detonó en cuestión de segundos. Ella, que conoce de sus manías expansivas, hizo de todo para dominarlo. Mientras la bestia se revolcaba con fuerza dentro de su cuerpo, salió a dar una vuelta. Caminó, caminó, caminó. Con su cara, cortaba el frío. El bicho seguía ganando. Oyó que estaban dando misa. Dedujo que tal vez, entrando a la capilla, lo acorralaría. Ella, que justamente odia a los curas y también a la Iglesia. Se colocó detrás del último banco. El sacerdote retó a unos adolescentes que charlaban en el fondo y le dieron ganas de vomitar. Después habló de la alegría de los chicos cuando no van al colegio, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Salió rápido. Apuró el paso. Una cuadra, dos, diez, veinte. Algo parecía haberse apaciguado dentro y decidió volver. Pensaba que quizá ahora, podría encontrar el remedio. Ni bien abrió la puerta, saludó y nadie contestó. Intentó tranquilizarse y empezó a emitir señales. Una a una rebotaron en las paredes. En cada milímetro de masa acumulada dentro de la habitación. Insistió. Esperó. Rezó en silencio. Casi nunca lo hacía. Se sintió ridícula implorando ayuda a alguna Fuerza Superior, en la cual tampoco sabía si creía. Se sentía como una nena. Necesitaba a su mamá. El bicho repugnante y amorfo no la dejaba en paz. Le había trepado por el cuello y ahora le retorcía la garganta. Después había bajado y anidado en su estómago, trenzándole las tripas. Intentó distraerse con una película. No pudo seguirla. Se acostó. Trató de respirar. Cerró los ojos. Pensó que si lograba dormirse, a la mañana se sentiría mejor. Temía despertar en urgencias. Allí seguro desconocían el antídoto. Es que el remedio estaba alrededor. Quizá enfrente suyo. Rogó y recibió insultos, gritos y --otra vez-- obligación de silencio. Como pudo, dormitó pocas horas. Al amanecer, todo seguía igual. Hubiera esperado que el cemento del pecho desapareciera. Preparó el desayuno. Mandó nuevas señales. Todas volvieron con más violencia aún. Regresó a su cuarto. Respiró. Todavía no se explica cómo, en eso, sintió un breve abrazo. Extendió y relajó su cuerpo para recibir más. El antídoto no alcanzaba. Le dolían los ojos de tanto llorar. Y el monstruo se había recargado.

22.7.07

Esas sutiles actitudes ...

... en la VIDA

1. Los que dicen "llego a la una", y a las dos y media, no aparecieron ni llamaron.

2. Los que se miran en el espejo de un ascensor, delante de terceros.

3. Los que hablan a los gritos por celular en el colectivo.

4. Las vendedoras que exclaman "te queda divino". O las que van directo a buscarte un talle más.

5. Los que preguntan cómo estás y contestan ellos.

6. Los que mandan mails en cadena. Y los que los borran automáticamente.

7. Los que invitan a salir por mensaje de texto.

8. Los que después de la salida dicen "te llamo" y no llaman más.

9. Los que piden 10 pesos para el taxi y nunca más recuerdan devolverlos.

10. Los que manguean libros y CD' s y jamás los devuelven. Los mismos que contestan "no me acuerdo", cuando los reclamás.

Esas sutiles diferencias....


.... el CINE


1. Los que leen la crítica antes de ir, o los que la buscan después.

2. Los que comentan cada escena. O los que permanecen mudos.

3. Los que comen pochoclos, caramelos, pizzas. Y los que hacen religioso ayuno.

4. Los que se sientan de la Fila 5 en adelante. Y los que sientan del medio para atrás.

5. Los que van solos. Y los que jamás irían solos.

6. Los que, teniendo toda la fila vacía, se te sientan justo al lado.

7. Los que sentencian "No veo películas argentinas", o "No veo películas iraníes".

8. Los que te cuentan el final o la escena sorpresa de la película.

9. Los que no apagan el celular.

10. Los que lo atienden.

15.7.07

Esos inocentes comentarios...

1. ¿Por qué una chica tan linda e inteligente no tiene novio?

2. ¿Estás más gordita o a mí me parece?

3. Así que trabajás en una revista de barrio, ¿y qué escribís, sobre cocina?

4. Sí, que linda tu casa, ¿pero cuánto te salió?

5. Me encontré con tu ex, su mujer y sus hijos. Tienen una casa divina y les va bárbaro.

6. ¿Qué pasa con las Fulanas que no se casan?

7. ¿Y el bebé para cuándo?

8. Ay, te salió una cana.

¿Bastardo o tipo con código?

1. No cuentes a tus amigotes, y delante de tu señora, que ella no compró pan, leche, ni galletitas para el desayuno.

2. No piropees más de la cuenta a otra mujer delante de la tuya.

3. No le claves la mirada a otras féminas en la calle, especialmente cuando vas con la tuya.

4. No le eches la culpa a tu señora por haber llegado tarde a una comida o por haberse olvidado el regalo.

5. No hables de tu ex mujer, en presencia de tu mujer.

6. No alardees que te gustan las morochas, si salís con una rubia. No endioses a las de pelo largo si estás con una de pelo corto.

7. No abraces ni beses más de lo aconsejable a la mujer de tu amigo, sobre todo si está la tuya al lado, esperando que la sueltes para saludarla.

8. No le digas a tu esposa, en una reunión, que el vestido le queda chico, que le salió un grano o que está demacrada.

9. Jamás preguntes la edad a una dama, y menos aún reveles la de tu esposa.

13.7.07

¿Yegua o mina con código?

1. Si te encontrás con él y su pareja por la calle, --vos sos amiga de él--, hablale a ella. De vez en cuando, panealo a él, pero dirigite a ella. A él ya lo conocés. A ella, la estás incorporando ahora. Le estás dando su lugar.

2. No vayas a tomar un café sola con él. Pasa alguien y ya está la imagen. Qué importa lo que digas después.

3. No te sientes en el auto al lado del varón. El coche es como un departamento. Un lugar de mucha intimidad. Va a cualquier parte.

4. No le des tu celular. El teléfono del 15 es privado. Es una línea que sólo atendés vos, en privacidad.

5. No aceptes la tarjeta que te da un hombre, te está tratando de yiro. Mucho menos, si estás en un lugar con tu marido, y se te acerca el otro justo en el momento que tu pareja se levanta.

6. No mires directamente a los ojos del hombre, como buscando perforarlo con la mirada.

7. No lo toques. No le agarres la mano, ni el brazo, ni la cabeza. Si a él le interesa, ya se va a acercar.

8. No le digas "cariño", "mi amor", "lindo", "ternura".

9. No visites a hombres casados, cuando están solos.

*comentarios en el programa de Rolando Hanglin, RH Positivo.